Violaciones: Buscando las causas (y II)

¿Hablamos de permisividad o de represión sexual?

Ni la pornografía machista, ni las violaciones y abusos sexuales a mujeres, niños y niñas tendrían razón de ser si los hombres de hoy no estuvieran reprimidos sexualmente. ¿Reprimidos sexuales? ¿Pero el problema no era la permisividad y la falta de valores, o bien la testosterona y el éxito laboral de las mujeres, que según algunos dispara la agresividad de los hombres?

En cuanto a la represión, la escena del niño conmovido por el llanto de su hermano y que recibe del padre la orden de ignorar el sufrimiento del pequeño nos trae una pista sobre cómo muchos de nosotros nos vemos obligados a resistir los impulsos con que todos y todas nacemos y que espontáneamente buscan la conexión emocional con el prójimo. Ésta es toda una declaración de intenciones, porque según cómo entendamos a los niños, así veremos el mundo.

Quien señala que el problema que está en la base de la violencia sexual es la permisividad y la deficiente “inoculación” de valores en los niños elimina la presunción de inocencia de los y las niñas y en cambio presupone que los seres humanos nacemos malvados, y que el problema está entonces en que permitamos que aflore la maldad que traemos de serie, que no es otra cosa que el Pecado Original de toda la vida.

Volviendo a la aparente paradoja de que la violencia sexual tiene su origen en la represión, considero que los hombres (y mujeres, pero hoy nos centramos en ellos) están reprimidos sexualmente y quizá suene chocante, porque nos hemos acostumbrado a que lo sexual se refiera únicamente a lo coital y a todo lo que lo acompaña. Además hoy, aparentemente, lo sexual está hiperpresente en las pantallas, en los carteles, en la carne y el hueso. Pero se trata de una sexualidad falaz, patriarcal y sesgada. Porque la energía, el impulso sexual es infinitamente más amplio de lo que nos muestra la industria cultural y de consumo, y abarca todo lo que tenga que ver con deseo, fuerza vital, disfrute y placer sensorial.

Una verdadera libertad sexual no significa conseguir muchos coitos, eso es relativamente fácil. Libertad sexual es que la totalidad de la persona sea libre, de tal forma que pueda unir su cuerpo y lo que está más allá del cuerpo con otra u otras personas de la manera en que ambas (o todas) quieran, por el tiempo que quieran, en los formatos que quieran. Es tener sexo con integridad, es decir: con todo lo que somos, y por tanto conlleva la implicación del cuerpo y de lo intangible que también es parte de nosotros: la psique, el alma, el ser interior, lo emocional, como se prefiera.

Hasta aquí podemos dejar volar los pensamientos. Ahora bien, para conquistar una verdadera libertad sexual que no se quede en un mero intercambio de fluidos (porque para eso bien vale violar, piensan acertadamente los carroñeros), para tener esa sexualidad libre antes necesitamos haber accedido a una integridad y a una libertad personal que desgraciadamente hemos perdido. Honestamente, en nuestra sociedad patriarcal y de consumo y con nuestras historias de dolor emocional a cuestas, la libertad y la integridad se convierten en una búsqueda de por vida.

Por todo esto, si esta sexualidad ampliada de los hombres de hoy no estuviera reprimida, si circulase una verdadera libertad sexual, los intercambios no podrían suceder más que de manera libre para todas las partes. Me atrevo a decir que entonces no vendría el caótico y demoníaco libertinaje, el coco con que ha querido asustarnos la moral judeocristiana durante milenios. Y tampoco tendría lugar la actual competencia capitalista y darwiniana que difunde la industria cultural, que se alimenta de autoestimas destruidas y que va de demostrar ser muy “hombre” y muy exitoso para conseguir la llave del intercambio sexual y amoroso (vales según tu apariencia y lo que tienes, y en función de ello eres “amado”, dice el mensaje).

Creo que en un contexto de libertad como el que tratamos de reflejar aquí, la sexualidad, despojada de su carácter pecaminoso y de su carga compensadora de egos, podría empezar a tener su base en la conexión con uno mismo y con la otra persona y en el respeto por las apetencias (o no) de cada una, en cada momento. Entonces sí habría un verdadero encuentro, y el cuerpo nos ayudaría a materializarlo.

Y si soy un hombre y soy capaz de encontrarme con otro ser a través de la unión sexual, tratar de forzar el acceso a cualquier cuerpo queda fuera de mi universo, porque ya no necesito arrebatar nada a nadie. No necesito someter ni barrer la interioridad del otro, sino que la busco para lograr un sexo ampliado, que también se hace más allá de los cuerpos. Un encuentro verdadero me da idea del enorme valor de la otra persona y de mí mismo, algo que se nos ha perdido a muchos y muchas por el duro camino que arrancó con la falta de amor que vivimos en nuestras infancias.

En fin, para que la utopía del encuentro libre de personas íntegras funcionase necesitaríamos poder conectar profundamente con nuestra interioridad, y con la de la persona con quien vamos a compartir el placer sexual. Y eso nos lo dificultan nuestras propias historias personales, cuajadas de escenas similares a la del niño que debe aprender a ignorar el llanto de su hermano pequeño. Si he estado reprimido desde mi más tierna infancia en el acceso a mis verdaderos sentimientos y en el intercambio amoroso, empiezo a entender que lo que deseo no me va a ser dado ni permitido. Y lo necesito tanto, que puedo tratar de robarlo, arrebatarlo, forzar la entrada. Después de todo, llevo toda mi vida necesitando acceder al cuerpo de una mujer sin lograrlo, desde que no pude fundirme amorosamente en un abrazo sin límites cuando se manifestó con fuerza mi deseo primario (no coital): el de buscar con avidez otro cuerpo, los pechos de mi madre, para nutrirme, calmarme y obtener placer.

Y si esto suena chocante, quizá pueda explicarlo un hecho que es poco conocido: en algunas sociedades mal llamadas “primitivas”, en aquellas comunidades no contaminadas por el Patriarcado y en las que se respeta la libertad sexual de la mujer y la conexión corporal y visceral con los y las hijas desde el nacimiento y durante la infancia, como muchas de las sociedades precolombinas, los intercambios sexuales son armoniosos, libres y consentidos. En estas comunidades nadie necesita robar nada del otro, son extraordinariamente generosos, no conocen los celos y las mujeres reciben un trato tan bueno que en su día asombraba a los españoles, tal y como recogió Bartolomé de las Casas.

Ilustración: Silvia Álvarez

De hecho, se sabe que existe una relación directa entre la represión del placer corporal y la violencia. Así lo comprobó ya en 1975 James W. Prescott. Este neuropsicólogo estudió 49 culturas diferentes, y se fijó en el trato corporal de los bebés y los niños (concretamente, en el placer obtenido a través de la lactancia, las caricias y el contacto físico con la madre) y en el grado de represión sexual de las mujeres. Lo que encontró fue que la represión del placer en ambos grupos, niños y mujeres, está vinculada a altas tasas de criminalidad y violencia en la edad adulta. Ésta y otras constataciones quedaron recogidas en su interesantísimo artículo “Body Pleasure and the Origins of Violence”.

Teniendo en cuenta que estamos tocando temas sensibles, me permito aclarar que no estoy diciendo la estupidez de que un niño que no mame vaya a ser un violento ni un violador, y que no culpo a las mujeres de la violencia sexual que reciben sus hijas, bastante sometimiento y abuso cargamos ya. Lo que quiero destacar es que el contacto físico amoroso y placentero con la persona de referencia en la primera fase de la vida es fundamental para la formación de la psique, y que es un terreno afectivo en el que como sociedad rehusamos entrar a la hora de intentar comprender (para prevenir) las conductas destructivas. En fin, es más cómodo tirar piedras a los monstruos que tratar de entender cómo se formaron.

Es aterrador cómo los seres humanos podemos llegar a alejarnos de nuestra esencia, que tiene como base la capacidad y el impulso de recibir y dar amor desde el momento en que llegamos a este mundo. Estoy firmemente convencida de que ningún ser humano y ningún hombre nace con la predestinación o la compulsión de abusar o violar. Y si nos da por pensar en algún gen errático, un supuesto gen del violador, pensemos también en la epigenética y en cómo secciones del ADN se manifiestan o se acallan totalmente en función del impacto acumulado del ambiente, en fin, según la historia de vida. Todos tenemos todas las posibilidades. Y ninguna persona está predestinada a la violencia.

Incluso sueño con que hombres que han abusado o violado a mujeres puedan llegar a tomar conciencia del daño que han hecho y quieran reencontrarse con la esencia bondadosa con la que nacieron. Ojalá que con un fuerte compromiso de búsqueda personal puedan emprender el camino a casa. Me consta que hay casos así, y creo que enfoques terapéuticos profundos y valientes como la Biografía Humana podrían ayudar.

Todos estamos tocados por la inundación de testimonios de mujeres que han sufrido violencia sexual. Y si queremos ahondar un poco en lo que hay tras los crímenes sexuales que nos inquietan, creo que sería interesante tratar de comprender cuáles son las dinámicas sociales, familiares y personales que acaban produciendo hombres tan dañinos para las mujeres, para los niños, y en última instancia, para sí mismos. En esta tarea, tengamos presente que tratar de comprender el origen de una aberración no tiene en absoluto que ver con justificarla. Por mi parte, renuncio a pretender poseer la verdad: aquí solo comparto alguna idea que puede estar equivocada. Para dejar de repetir la historia, busquemos el germen de la violencia patriarcal que hoy nos quema en los abusos y violaciones. La comprensión la iremos construyendo entre todas, o nada cambiará.

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Artículo publicado en La Nueva España

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