Violaciones: Buscando las causas (I)

La alfombrita de colores sobre la sima hacia el submundo

Yo también quiero contarlo. Tengo la suerte de no haber sufrido una historia de violación en el sentido judicial de la palabra, pero sí he vivido varias situaciones de abuso, desde algo tan aparentemente banal como un beso hasta relaciones humillantes donde dije “no”. Visibilizar estas situaciones y atrevernos a buscar su origen es ineludible si queremos afrontar lo que nos duele, en este caso toda la gama de violencias sexuales que nos inquietan.

De en torno a los catorce años recuerdo a tres hombres: un profesor, el portero de un edificio y un desconocido delante de mi casa. Todos ellos me impedían irme a menos que les diera un beso (muy casto, sí, en la mejilla valía). La historia puede parecer de lo más leve, incluso graciosa. Entonces no encontré a nadie que pusiera nombre a las afiladas sensaciones de peligro, humillación y sometimiento que viví en aquellos momentos. Lo que estaba sintiendo era que aquellos hombres me exigían un acercamiento físico y una muestra amorosa que yo no sentía, y lo hacían con total desinterés por el miedo y la repulsión que sí sentía.

Y aunque fui capaz de decirles que no, la insistencia común a todos ellos y la firme expresión de su postura de no dejarme ir me produjeron tanto miedo que preferí escupir aquellos besos en pago por mi libertad. Si un juez hubiera visto la grabación de aquellos episodios no habría encontrado violencia física, incluso podría interpretar que el rubor de mis mejillas, puro fuego, pura vergüenza y miedo, se debía a la excitación sexual, siguiendo el precedente del juicio a La Manada.

Unos años después, recién entrada en los veinte, fui al bar donde trabajaba una amiga y compañera de estudios en Madrid. Con barra libre, cogí una borrachera que nunca más me animé a agarrar. Cuando salí a la calle para tomar aire, tres maromos salidos de la nada quisieron “ayudarme” y se ofrecieron a acompañarme a casa. Entonces me saltó una especie de alarma interna y dije firmemente que sin mi amiga no me iba a ningún sitio. Lo siguiente que pude registrar es que ya en mi casa los despedí, y creyendo que ya se iban me eché en la cama. Después de un rato acostada, recuerdo que uno de ellos entró en la habitación. Entonces me levanté, sacando estabilidad de las paredes y los eché a gritos. Nunca le agradeceré suficiente a mi cama haber girado tanto que me mantuvo despierta durante el tiempo necesario para preservarme de aquellos buitres.

Soñaba con ese amor perfecto, fuente de felicidad, que todas soñamos recibir alguna vez. Muy romántico. Infantil.

Pero no todo estaba ganado, y finalmente hubo un día en que, con la guardia baja, mi cuerpo se sometió. Yo tenía veintipocos, y deseaba un mundo mejor, igual que ahora, pero con la miopía acentuada de unos años menos. En ese mundo mejor viviría una persona, hombre, decidí yo, que entendería mis anhelos más profundos, no se cansaría de navegar conmigo en ensoñaciones compartidas, y vería en mi cuerpo y en mi alma la belleza que yo no era capaz de ver. Con ese hombre siempre me sentiría bien: llenaría el vacío y calmaría el dolor. Y, por supuesto, el hechizo sería mutuo y duraría para siempre. En fin: soñaba con ese amor perfecto, fuente de felicidad, que todas soñamos recibir alguna vez en la vida. Muy romántico. Infantil.

Por aquel entonces, entablé relación con un grupo de chicas y chicos alternativos, y juntas hicimos música, compartimos sueños, subimos al monte y recogimos setas. Entre aquella gente había un chico que le dijo a mi amiga cosas preciosas sobre mí con palabras que despertaron mis fantasías y el deseo de ser amada. Bien, pues el príncipe de esta historia ejerció la mayor violencia sexual que he sentido nunca: me desvistió sin yo quererlo. Accedió a mi cuerpo cuando yo decía no. Y lo repitió varias veces mientras me tildaba de “frígida” en una noche que decidí olvidar. Yo estaba en aquel lugar no porque quisiera sexo, sino porque atravesaba un momento difícil y sentía una gran necesidad de ser amada. Tan pronto como este príncipe de día y carroñero de noche accedió forcejeando a mis espacios íntimos me di cuenta de que ese amor que esperaba estaba muy, pero que muy lejos. Y justo ahí dejé de oponer resistencia. “Todo está perdido”, recuerdo que sentí. Y me resigné. Después de todo, fui criada para ser una niña buena y obediente. Y como una niña actué entonces.

Yo estaba en aquel lugar no porque quisiera sexo, sino porque sentía una gran necesidad de ser amada.

Quizá un juez estimaría que dejé de forcejear porque aquello me gustaba. Esa noche, con la gran tristeza que sentía y la suposición peregrina de que quizá acabaría encontrando algo verdadero en aquel chico si toleraba aquel trato y me quedaba cerca de él, no supe empujarle, levantarme e irme. Y lo pagué caro: aquel desgraciado hizo desaparecer al ser que da vida a mi cuerpo y se quedó solo con la carne muerta.

Después de amanecer, el príncipe de la carroña me ignoraba totalmente. Entonces sí, me levanté, recogí toda mi humillación y mi tristeza, y me fui. Y nunca más quise acercarme a aquel tipo. Años después me pidió perdón por lo que me había hecho aquella noche: ya había vivido suficiente con su hija como para intuir algo de lo que había hecho. Pero aún se refugiaba en excusas. Como si estar en la habitación de alguien fuera una invitación a ser violentada y sometida sexualmente. Así es la moral de las hienas, que absurdamente acaté hasta hoy, avergonzada de lo vivido.

Es aquí, en el terreno de la conciencia donde creo que se juega todo. No tengo respuestas, sí preguntas y ganas de pensar. ¿Cómo pueden llegar a gestarse depravados como éste o como los de “la manada”? Me preguntaba últimamente. ¿Cómo un niño que nace inocente puede llegar a deformarse tanto? Y en una escena cotidiana creí ver un pequeño fragmento de realidad: Hace un par de días, en la playa, un niño de dos o tres años rompió a llorar con tono de desesperación. Mientras tanto, el padre y el hermano mayor, de unos diez años, venían hacia mí, alejándose del llanto que inundaba el cuerpo del pequeño. Entonces, el hermano mayor mira hacia atrás y exclama: “Jo, pobre” A lo que el padre responde con autoridad y apretando el paso: “¡Venga, camina! ¡que a ése no le pasa nada!”.

El hermano mayor, espontáneamente conmovido por el sufrimiento del pequeño, debe aprender a ignorar el impulso visceral de acudir a la llamada desesperada del más débil. El mensaje dice: No escuches, no mires su cara, aprieta el paso, que el dolor ajeno no te distraiga de tu objetivo. No conectes con los sentimientos del otro y sé un hombre conmigo. No puedo dejar de decir aquí que lo que el Patriarcado ha considerado un hombre durante milenios ha producido indecible dolor tanto en mujeres como en los propios hombres, en los casos más sangrantes despojados de su riqueza interna y reducidos a brutotes fanfarrones y violentos.

Es imprescindible para que haya violadores cortar y empujar fuera de la conciencia nuestros sentimientos espontáneos de empatía y bondad

En cuanto al adoctrinamiento patriarcal que recibe el hermano mayor que oye al pequeño llorar, la lectura del mundo que recibe ese niño presumiblemente durante toda su infancia casa de manera alarmante con desoír e insensibilizarse ante el sufrimiento de cualquier persona más débil. No digo que ese niño vaya a convertirse en un abusador, sino que es imprescindible para que haya violadores cortar y empujar fuera de la conciencia nuestros sentimientos espontáneos de empatía y bondad. Los niños, si respetamos sus necesidades emocionales desde que nacen, son seres extraordinariamente dispuestos para conectarse emocionalmente con el otro en clave de amor y disfrute compartido. Y si los niños son crueles con otros niños es porque antes han sufrido esa misma crueldad en sus propias carnes.

No dejo de observar en mi propio hijo y en los niños a mi alrededor la enorme sensibilidad que manifiestan, sin excepción, y cómo los y las adultas, por falta de conexión con nosotras mismas y por muchos otros estragos del Patriarcado en nuestra psique tenemos enormes dificultades para comprender las verdaderas necesidades de los niños. No podemos ver la demanda desesperada de amor, contacto y mirada que hay detrás de tanto sufrimiento despectivamente tildado de rabietas.

Todas estas situaciones tan habituales van dando forma a la siguiente realidad: el aprendizaje y las manifestaciones de la ley patriarcal en la vida de los niños son cotidianas y están normalizadas, incluso bien vistas socialmente. Cuando van creciendo, enseñamos a nuestros niños a colocar una alfombrita hecha de ropa de moda, un poco de éxito social y otro poco de cinismo sobre los enormes agujeros emocionales que les hemos producido en su infancia. Y luego no conseguimos entender nada cuando una de nosotras pisa en la bonita alfombrita y cae al abismo, al infierno de dolor en que el propio violador lleva ardiendo desde antes de tener uso de razón. Ahí abajo se sigue quemando, aunque ya no lo sepa, porque ha funcionado el corte emocional que lo mantenía unido a sus propios sentimientos.

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Artículo publicado en La Nueva España

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