Milanos aferrados al andamio

¿Qué puede pasar si aflojamos nuestras propias sentencias?

Durante años fui creyente practicante de opiniones. Y aunque sigo manejándolas, trato de bajar mi fabricación y consumo de sentencias dichas y pensadas, de ideales estratosféricos, de juicios, de “lo correcto es…” y de “hay que…”. El caso es que estos comprimidos de formulillas internas producen serios efectos secundarios, de ahí mi voluntad de desintoxicación.

Posiblemente coincidiremos en que resulta útil para el pensamiento estructurarse sobre opiniones. Y en que tampoco pretendemos dejar de tener nuestro punto de vista sobre el mundo. El nudo que tratamos de mirar aquí no está en tener sueños o valores, sino en la necesidad de que las demás personas piensen como nosotras y en cómo eso nos complica la vida.

A casi todas nos gusta tener opiniones. Nos convierten en alguien. Nos abren las puertas a ciertos grupos sociales. Muchas veces, se convierten en la moneda con la que compramos pertenencia a falta de amor. Entonces es cuando se produce esa confusión entre opinar lo mismo y ser queridas. Porque confundimos a nuestras aliadas y soldados de la misma causa con amigos. Y al revés, es frecuente que coloquemos a las personas que no piensan como nosotras en la trinchera de enfrente.

En esta línea, nuestra sociedad llega a confundir un ideario determinado con nuestra verdadera identidad y la de las demás. Y dejamos de ver personas de una grandeza y complejidad inabarcable para reducirlas y reducirnos a compendios de opiniones. Pero a poco criterio propio que desarrollemos, si no queremos arriesgarnos a que nuestras aliadas nos dejen solas tendremos que mordernos la lengua a menudo ante personas que expresan con rotundidad una posición con la que no estamos cómodas. O bien podemos expresarnos y asumir las posibles consecuencias de habernos atrevido a discrepar.

La cuestión no pasa por juzgar y abandonar estos ámbitos de coincidencia ideológica, sino de hasta qué punto estamos confundiendo amor con pertenencia y si estamos en ciertos lugares por inercia o miedo a la soledad y al desamor. Desde que somos niñas (y niños) somos obligadas a plegarnos a un montón de normas externas impuestas por alguien con más poder que nosotras. Y muchas aprendemos que para ser queridas debemos someternos: ser obedientes, cumplidoras y leales a los poderosos (cuyo punto de vista acabamos por adoptar). Solo así seremos dignas de amor, nos dicen con hechos. Y poco a poco renunciamos a una parte de nosotras mismas, ya olvidada, y llegamos a convencernos de que ciertas ideas, opiniones y valores son nuestros. Porque si no los adoptamos caemos en el vacío de la no aceptación, terrible para un niño.

Luego crecemos, con el convencimiento interiorizado (tan metabolizado que ya es inconsciente) de que para ser respetadas y dignas de algún tipo de aprecio necesitamos compartir con un grupo o persona determinada un sistema de opiniones rígidas, convertidas en ley. Así se instaura la lógica del “opino esto, luego existo” conjugado con “opinas eso otro, luego no existes”.

La pista de que ciertos valores y opiniones no son propios es que no podemos soltarlos ni un milímetro durante un breve ratito, mismamente para escuchar con apertura de corazón una opinión de la orilla de enfrente. De hecho, si nos atrevemos a soltar nuestras “certezas” un poquito nos sentimos rabiosas o asustadas. Pero lo verdadero que hay en nosotras no necesitamos defenderlo porque realmente estamos seguras y confiamos en ello.

Desafortunadamente, muchas de nosotras (entre las que me incluyo, como en todos los funcionamientos indeseables que aparecen aquí) tenemos historias personales que nos han legado la manía permanente de clasificar todo en “bien” y “mal” según nuestro rasero particular. Y eso mutila nuestra propia libertad para pensar y ser libremente. Funcionamos como milanos aferrados rígidamente al andamio por pavor a caer al vacío. Vivimos en el dogma de que si soltamos las enormes muletas sobre las que se apoya nuestro pensamiento nos convertiremos en un amasijo caótico, en un ser sin identidad que se estrellará en el asfalto allá abajo.

Pero tan artificial y fuera de lugar está el andamio para la rapaz como lo está para nuestra verdadera esencia un sistema prefabricado de opiniones inamovibles. Un reducto esencial de nuestra psique, enterrado bajo toneladas de opiniones y sentencias fosilizadas, está ávido de apertura. La pregunta es si, en una búsqueda de autenticidad más allá de fórmulas ideológicas podemos abrirnos a probar, a juzgar y juzgarnos menos, a explorar los límites de nuestro pequeño mundo y a divertirnos por el camino.

Soltemos un poquito la excesiva seriedad que resulta de no poder sacar ni una letra de la línea marcada a riesgo de recibir un coscorrón o un grito, qué más da, ya somos adultas y podemos ir generando nuevos recursos para sobreponernos a esa soledad en la que siempre hemos estado, a pesar de todas las aliadas del mundo. Renunciemos a la falsa dignidad de la posesión de verdades absolutas. Bajémonos de la espuma de superioridad que nos da sabernos apóstoles de las únicas opciones correctas y atrevámonos a reírnos un poquito de nuestras leyes infalibles.

Aflojando nuestras barreras contra la diferencia, podremos establecer nuevos vínculos con personas diferentes, con quienes se darán intercambios más ricos. Porque cuando consigamos ir soltándonos de los andamios, ya no chocarán los hierros al tratar de acercarnos al otro. Y daremos abrazos de pluma y pelo, de carne y hueso.

Recuperemos algo de la originalidad, la exploración y la espontaneidad que fue reprimida desde nuestras infancias, cuando fuimos apresadas por leyes impuestas e inamovibles. Atrevámonos a explorar y equivocarnos. A librepensar y a ser. Otras viajeras compartirán el camino. Y hay una vida propia por ganar.

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