Grace O'Malley. Ilustración de Kathrin Honesta

La Revolución de las hijas

Es momento de dejar de rendir pleitesía a la corona de espinas de nuestras progenitoras

Cada vez encuentro más mujeres y hombres de mi generación (entrados los treinta y de ahí a los cuarenta largos) que se entusiasman con la idea de un innovador proyecto museístico de madres disfuncionales. Mi madre, por supuesto, es perfecta, y la del lector también. Aquí no vamos a hablar de ellas en concreto, sino de esas otras madres que acumulan méritos para el museo, madres en abstracto, mujeres con sus luces y sus sombras, desconocidas, y sin embargo tremendamente cercanas.

Son hijas y nietas del desastre: las madres de nuestras madres fueron niñas en medio de la guerra y la posguerra. Vislumbrar los estragos internos de esas vivencias es dificilísimo para quien no las hemos sufrido, pero deben casar con experiencias de dolor extremo, miedo, rabia, escasez, odio, y una enorme soledad de esas niñas en un mundo inhóspito.

Criadas por esas abuelas, nuestras madres crecieron bajo el yugo represor y fueron heridas por las flechas que destrozaron sus horizontes. Aprendices de damiselas, hacían costura en colegios donde no pudieron aprender a intercambiar juegos y sentires con el género masculino. Y mientras soñaban con su príncipe azul, que nunca resultaría ser tan azul ni tan príncipe como esperaban, actuaba sombríamente un preciso mecanismo transmisor de sufrimiento femenino transgeneracional: En lugar de desplegar su potencial, muchas de nuestras madres quedaron encerradas en relaciones basadas en que la hija pone su fuerza vital al servicio de tratar de reparar, infructuosamente, el daño sufrido por la madre.

Han sufrido. Han sido reprimidas. Muchas de nuestras madres vivieron en el encierro doméstico, y aunque otras salieran a trabajar, ello no las salvó de acabar aturdiendo sus penas con drogas recetadas o alcohol. Algunas se refugiaron en la Iglesia. Otras, en el cotilleo en vivo y televisado. En la adicción a la peluquería, la bisutería y los esmaltes de uñas.

El pobre trono que podamos brindar a nuestras madres nunca va a compensar el dolor que llevan arrastrando desde antes de nuestro nacimiento

Entonces, con la llegada de la siguiente generación sintieron por fin que algo estaba en sus manos. Que alguien iba a resarcirlas. A consolarlas. Incluso a vengarlas, es muy comprensible. Lejos de todo eso, la propuesta es derrocarlas, aunque hayan sido mujeres sufrientes. Porque el pobre trono que les podamos brindar nunca va a compensar el dolor que llevan arrastrando desde antes de nuestro nacimiento.

Necesitamos una revolución sin guillotina ni rencor para acabar con el sistema madremonárquico. Porque muchas de nuestras progenitoras parecen imbuidas del mismo poder supremo y sagrado del que bebían los reyes absolutistas. No hablo de tirar a la propia madre a la cuneta ni de dejar de apreciar que hicieron todo lo que pudieron, sino de que nos atrevamos a revisar nuestro vínculo con ellas y detectemos si están siendo verdaderamente nutricias para sus hijas, hijos y nietas. En definitiva, miremos si sus actos se corresponden verdaderamente con la grandeza de sus palabras cuando ensalzan una idealizada maternidad.

Se dice amor de madre, pero es sumisión nuestra permanente búsqueda de aprobación materna y el sentimiento de culpa si nos atrevemos a tener una vida un poquito más luminosa

Entre estas palabras se dice amor de madre y se reclama amor de hija, pero es dominación de una y sumisión de la otra el frecuente imperialismo emocional de nuestras madres y la obligada pleitesía que les rendimos, nuestra permanente búsqueda de aprobación materna cuando ya somos adultas hechas y derechas, nuestros deberes infinitos hacia ellas mientras aún se valen por sí mismas, y el sentimiento de culpa si nos atrevemos a tener una vida un poquito más luminosa que la suya.

En nuestra sociedad, las madres son intocables. Mucho se ha dicho de la supuesta incondicionalidad de su amor… ¿De dónde viene entonces el miedo de las hijas a defraudarlas? ¿Por qué muchas de nosotras sabemos que debemos dejar nuestra verdadera identidad bajo el felpudo de la entrada cuando vamos a visitarlas?

Cuando se trata de una generación de mujeres criada y crecida con tales niveles de represión, violencia y falta de horizontes ¿es realista que hayan sido las madres maravillosas que ensalza el discurso oficial? ¿Puedo ser amorosa de verdad cuando mi vida tiene la misma posibilidad de expandirse que una bolsita de aceitunas en una visita de mujeres enfajadas?

La relación con nuestras madres ha sido mutilada por el Patriarcado desde tiempos inmemoriales. Está en nuestras manos decidir si recibimos y por tanto transmitimos ese legado a nuestros hijos

Pero quizá lo más relevante a nivel colectivo a día de hoy, más allá de lo desgarrador de cada uno de estos casos, es que no tenemos apenas registro de relaciones maternas sanas hacia arriba en nuestro linaje. Estamos ante algo mucho más grave que un simple corte en una o dos generaciones: nuestros árboles genealógicos han sido mutilados por el Patriarcado desde tiempos inmemoriales. Está en nuestras manos decidir si recibimos y por tanto transmitimos ese legado a la siguiente generación.

Las mujeres que nos precedieron no tienen la culpa de haber vivido en esa sociedad, y no hay duda de que nos amaron como buenamente pudieron. Pero si hoy nuestras madres (hablo de mujeres que se valen por sí mismas) están nutriéndose de nosotras, mermando nuestras fuerzas, nuestra vitalidad y nuestra alegría, es hora de declarar la República de las hijas. Es momento de dejar de rendir pleitesía a la corona de espinas de nuestras progenitoras y construir una forma de relacionarse en los espacios íntimos familiares en la que haya igualdad entre las personas. Tejamos una nueva trama en la que no haya títulos honoríficos que justifiquen un vasallaje de por vida. Nuestras madres siempre podrán tomar la decisión consciente de amar a sus hijas y nietas más que a su propio dolor. No se trata de abandonarlas, sino de hacerles el favor de haber tenido hijas e hijos libres.

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