El Patriarcado también está dentro: El hilo de la dominación

El día en que las mujeres sacaron el feminismo a la calle, rugió como nadie se esperaba. Ha sido bonito encontrarse, abrazarse, sentirse fuertes juntas. Pero si nos quedamos en la autocomplacencia tras el “subidón” del encuentro en las plazas no vamos a avanzar más allá, y creo que hay puntos ciegos que podemos mirar juntas. En los pueblos y capitales de este maltrecho país ha entrado en acción una inteligencia colectiva potente pero que en cierta medida actúa como un engranaje que gira loco. El mecanismo está desconectado del pesado motor que allí abajo, en el sótano de cada una, dirige inconscientemente nuestros pasos por los trayectos cotidianos del Patriarcado menos evidente.

En lo obvio brillan las cifras «macro» que evidencian la brecha salarial, la cantidad de órdenes de alejamiento y asesinatos, ante las que nos sentimos indignadas colectivamente y abrumadas individualmente. Es imprescindible llevar estos temas al espacio público, pero hay otra dimensión del Patriarcado que se nos escapa: el desconocido espacio interno de la psique, donde actúa protegido por un manto negro de inconsciencia.

Seguramente muchas de nosotras podemos reconocer que la oscuridad no solo está ahí fuera. Sabemos que el Patriarcado está en el interior de ellos, pero más inquietante es que también está dentro de nosotras, porque a todas nos han grabado a fuego la ley del más fuerte. Tener dentro justo lo que queremos desterrar del mapa suena poco seductor, pero pasa en muchos aspectos de la vida y tiene de bueno que la posición estratégica desde donde podemos actuar para debilitar el Patriarcado está increíblemente cerca.

Así que, para que este movimiento colectivo no quede en un día de gloria y un puñado de palabras bonitas, podemos convertir esta intención de vivir en una sociedad menos opresora en un compromiso cotidiano de detectar cómo actúa nuestro interior herido por el poder. El primer paso para empezar la gran tarea de mirar en nosotras mismas podría ser recordar que vivir en el Patriarcado no solo es recibir abusos, discriminación y violencias de todo tipo. También es practicarlos.

Y como el poder se ejerce hacia abajo, el hilo de la dominación nos lleva hacia las niñas y niños, que ni siquiera pueden soñar con organizar manifestaciones. Ojalá podamos un día llegar a abrazar sin reservas a nuestros propios hijos, ojalá dejemos de considerarlos un lastre para la emancipación de la mujer. Propongo que las mujeres con niños pequeños nos plantemos en los espacios públicos sin sentir que su presencia merma nuestra integridad como mujeres. Propongo que la teta se declare en rebeldía y no se avergüence nunca más.

Estoy convencida de que mujeres, niñas y niños somos aliados naturales contra el Patriarcado: somos los agentes del cambio. Pero no podremos hacerlo mientras que en nuestro interior el sistema de dominación siga actuando inconscientemente. No podremos hacerlo si en pro de una supuesta liberación femenina reprimimos el deseo de amor y contacto corporal de nuestras hijas con nosotras, porque estaremos haciendo pagar el pato al eslabón más débil. No creo que las madres puedan ser libres si las hijas no pueden sentirse libres en el amor de sus madres.

Las formas en que transmitimos el poder opresor a nuestras hijas son muchas, y sutiles: ¿Qué pasaría si bajamos las armas que apuntan a nuestros propios niños? ¿Y si probamos a dejar de tildarlos de tiranos? ¿Y si pudiéramos dejar de despreciar sus demandas desesperadas de atención y amor? Quizá empezaríamos a dejar espacio en nuestro corazón para empezar a sentir el dolor que la ley del más fuerte produce en nuestros niños desde el momento de nacer. Podríamos acercarnos a una realidad en que los y las niñas no sean privados del contacto con su madre. Podríamos dejar de vetar a los pequeños en las actividades laborales o comunitarias. Y examinar si la maternidad es necesariamente tan castradora como nos han hecho creer.

Una vez que seamos un poquito más conscientes de cómo opera el Patriarcado en nuestros rincones más íntimos podremos ir liberándonos de los viejos patrones y ser más compasivas con nosotras y con nuestros hijos. Después de hacer conscientes las mutilaciones emocionales que hemos sufrido a lo largo de nuestra historia personal, quizá los niños de hoy puedan empezar a percibir a sus madres más completas, más comprometidas y sin embargo más libres. Es la mejor garantía para que las niñas y niños de hoy dejen de crecer bajo la dominación patriarcal. Es la mejor inversión para prevenir las violencias del mañana.

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