mi hijo me pega

El día en que mi hijo me gritó y me pegó

Una historia de rabia y amor

La primera vez que mi hijo me gritó con ira, me sorprendió. El niño acababa de cumplir tres años. Y cuando justo después y con la misma rabia me pegó, no supe qué demonios hacer con aquello. Lloré apartando la cara, porque aunque en ese momento me sentía víctima, perdida e incapaz para guiarle, un resto de lucidez me hizo ver que lo importante del asunto no debía ser precisamente “mamá es frágil, no sabe qué hacer con esto y se derrumba ante mi enfado”.

El tema no estaba resuelto, y volvió. El niño, rabioso, me gritó y me mordió con fuerza en el brazo. Previamente, harta del tira y afloja cotidiano por dinamizar al niño que muchas veces no quiere salir de casa, con mi frustración por mi propia y tradicional dificultad para entrar en acción y salir al mundo exterior, había tirado del niño sentado en la encimera de la cocina, a donde trepa desde el sofá. Yo sabía que se caería sobre los cojines del sofá y no se iba a hacer daño, pero él vivió aquel forcejeo y la posterior caída al sofá como violencia. Su percepción no era errónea. Yo estaba rabiosa. Y con rabia reaccionó. En ese momento solo supe devolverle más violencia: le grité, le insulté y de mis brazos lo lancé sobre el sofá. Mi propia ira, mi propia violencia me quemaban. Sentía un fuerte impulso de darle un bofetón.

El tema seguía sin estar resuelto. Y volvió a pasar. Unos pantalones de agua que no me quiero poner, un deseo de jugar que pospongo a vestirlo en condiciones, y me llega el grito y el manotazo. En esa ocasión, algo duro afloró en mí. El niño me pedía que lo cogiera a upa, y yo le repetía una y otra vez: “me gristaste, me mordiste y me pegaste. No hay aupito”. El niño lloraba y lloraba. Y yo no sabía qué estaba pasando. Una parte de mí se sentía bien. Yo ganaba. Tenía el poder. El niño estaba experimentando dolor tras causármelo a mí, quizá así comprendería. Y me mantuve firme unos minutos. Pero la desesperación del niño era tan grande, su llanto tan desgarrado, que no pude aguantarlo. Lo tomé en brazos y lo consolé.

Si quiero que el niño aprenda a autocontrolarse y a no volcar su violencia sobre otros, yo misma debo ofrecerle esa posibilidad con hechos

Esa noche, confundida y preocupada, acudí a internet. Los abundantes consejos centrados en distintas formas de venganza, como causar dolor emocional con castigos, y los comentarios recetando golpes a los pequeños me los salté. Y encontré algo que me encajó. Que cuadraba con lo que siento que es la crianza y el acompañamiento de los pequeños: si quiero que el niño aprenda a autocontrolarse y a no volcar su violencia sobre otros, yo misma debo ser un referente para él y ofrecerle esa posibilidad con hechos. El niño ha de poder acercarse a esa vía desde la experiencia, no desde la represión.

Tenía una pista. Pero llevar eso a la experiencia cotidiana, cuando el niño conjura hábilmente toda mi ira, era otro tema. Me di cuenta de que mi hijo me estaba planteando no solo una necesidad de aprendizaje para él, sino también para mí misma. Me estaba llevando a vivir la misma dificultad que él estaba encontrando: qué demonios hacer con toda esa ira. El problema era el mismo, así que podíamos ir a buscar juntos. Y es que independientemente del motivo de su rabia, los niños y niñas tienen la maravillosa capacidad de llevarnos al punto que no están pudiendo resolver, para que les acompañemos justo ahí.

Quiero aclarar en este punto que no creo en las recetas, sino en las búsquedas interiores comprometidas que cada una y cada uno podamos ir haciendo en nuestra vida. Porque cada persona es única, y los verdaderos aprendizajes los construye cada una. Aquí solo comparto una historia cualquiera, ni más ni menos interesante que la que cada persona pueda vivir si tiene el deseo verdadero de acompañar a sus hijos poniendo el corazón en la tarea.

El asunto que me inquietaba continuó conmigo buscando dónde estaba el desencadenante, el origen de la rabia que manifestaba el niño. Fui tratando de poner palabras a lo que el pequeño sentía. Me agachaba junto a él en mitad de su estallido de rabia, tratando de ser una diana móvil y esquiva de sus bofetones, y le preguntaba. Cuando daba en la tecla, él asentía en mitad de su arrebato. Simultáneamente, abría mis brazos, le acariciaba el pelo, le abrazaba. Le daba besos. Y el niño aceptaba el cariño y se calmaba.

Cuando empiezo a responder a la ira del niño más centrada en averiguar qué le está pasando, algo empieza a cambiar

También empecé a tomarme en serio ciertas manifestaciones del pequeño a las que había estado haciendo oídos sordos: “quiero ir con la abuelita, quiero ir con el abuelito”. El niño, criado con toda la disponibilidad emocional que he podido ir reuniendo desde mi propia limitación, me estaba pidiendo nuevos territorios. Era hora de empezar a salir al mundo… Y yo no me estaba dando cuenta.

Al cabo de unos días, habiendo sido capaz de responder unas pocas veces a la ira del niño desde un lugar interior más centrado en averiguar qué le estaba pasando a él que en dar rienda suelta a mi propia ira, algo empieza a cambiar. El manotazo que no llega. No hay gritos del pequeño. Mi hijo empieza a ser capaz de decirme que está enfadado. Cosecho lo sembrado, le escucho y me ocupo de que se sienta comprendido y acompañado.

Pero lo que el niño estaba por enseñarme en esta tanda no termina aquí. Una tarde, inundada de frustración y cansancio, le digo rabiosa a mi pareja y padre de mi hijo que estoy muy enfadada con él. Entonces, antes de que los adultos nos perdamos en nuestra tormenta particular, el pequeño deja sus juegos y viene directo. Me coge la pierna y planta en ella un beso. Y a continuación hace lo mismo con la pierna de su padre. Entonces, lo que venía siendo un acto de fe en la bondad de los niños, en su disposición al amor si pueden experimentarlo durante su infancia, se convierte en una experiencia. El pequeñajo abrazando y besando mi pierna derrite toda mi ira y me hace sentir cómo le importo y cómo le sigo importando, más si cabe, en los momentos difíciles, cuando algo me está doliendo. Él acaba de dejar sus cosas y se ha puesto a disposición para restablecer la armonía con un gesto amoroso. Vaya.

No creo que el papel de los hijos sea reconfortar a sus padres, y no quiero esclavizar a mi hijo reclamándole que me satisfaga, así que seguiré poniendo mi empeño (y fallando a ratos, como en todo) en resolver por mí misma mis frustraciones y penas, sin involucrar al niño. Ahora bien, este gesto me sirvió para experimentar lo que se siente ante un amor altruista y al servicio del bienestar del otro cuando estamos inundados por la ira, en mitad de nuestro pataleo de adultos.

Yo no «me merecía» amor en ese momento en que buscaba pelea. ¿O quizá sí? ¡Demonios, me sentía una niña!

La experiencia de recibir ese bálsamo cuando me hundía en la rabia y el desamor y mientras disparaba con toda mi munición, fue radicalmente nueva para mí. Yo no “me merecía” amor en ese momento en que empezaba a buscar pelea con mi pareja. ¡Demonios! ¿O quizá sí? ¿Podría ser que yo fuera merecedora de amor hiciera lo que hiciera? Parece algo demasiado grande para pedirle a la pareja. Porque un “bésame aunque yo te esté atacando” le coloca a él en un lugar de adulto frente a… ¡una niña!

Así que se trata de eso. Aquí estoy, con mis 35 años, atónita tras recibir de mi hijo un gesto propio de un amor total e incondicional… Que es demasiado pesado para pedírselo a mi hijo pero que los hijos necesitan desesperadamente de los padres.

Aquí surge la pregunta ¿cómo habría sido mi vida, nuestra vida, si pese a «portarnos mal» y no responder a lo que nuestros padres y madres querían hubiéramos sentido que nos abrazaban amorosamente en mitad de nuestro dolor? ¿Qué habría pasado si nos hubieran acariciado cuando gritábamos nuestra frustración?

Nuestro tiempo de recibir el torrente de amor que necesitamos cuando fuimos niños ya pasó. Pero no tenemos por qué encadenar a nuestros hijos al mismo vacío que muchos de nosotros sentimos. Si queremos, podemos empezar hoy mismo a gestar una nueva sociedad. Podemos cambiar la vida de nuestras hijas e hijos si comprometidamente ensayamos a regalarles el acceso a nuestro corazón.

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