rabieta niño

De niños insoportables y madres blandengues

En muchos ámbitos se considera que una “buena educación” incluye no permitir comportamientos desagradables de los niños. Pero ¿sabemos qué precio pagan los pequeños que deben reprimir la expresión de su ira?

Imaginemos un día de fiesta. Puede ser una reunión familiar o un encuentro campestre. Hay gentes grandes y pequeñas, movimiento, entretenimientos varios. Estamos felices, nos alegramos de ver a algunas personas a las que hacía tiempo que no veíamos, nuestro hijo pequeño tiene otros niños con los que jugar y todo apunta a que por fin vamos a poder charlar un rato sin tener que atender los interminables requerimientos de nuestro hijo.

Pero el pequeño tiene otros planes, para variar. No está conforme, reclama nuestros brazos constantemente. Maldita sea. “¿Por qué no juegas con esa niña? Mira, puedes hacer tal cosa”, le decimos. Y nos sumergimos con ansia en el universo adulto durante un minuto. Pero entonces, nuestro hijo vuelve. Está malhumorado, una niña que lo sigue insiste en relacionarse con él, y no se desanima cuando él pretende subirse a nuestros brazos. Intentamos que el pequeño acepte ser cogido de la mano por la niña, sin éxito. Probamos de nuevo a proponerle algo para que se entretenga, y empezamos a sentir cierto resentimiento hacia nuestro hijo: “podías estar jugando, y yo airear un poco, no sé por qué no aprovechas toda la diversión que tienes al alcance ahora mismo, que no me dejas ni respirar”.

La niña sigue detrás de nuestro hijo, que sigue dando señales de querer estar a su aire. Tratamos de encauzar la situación para poder seguir socializando en el añorado mundo adulto. Hasta que la niña coge las cosas con las que nuestro hijo estaba por fin entreteniéndose e invade el espacio vital del niño, que la empuja hacia atrás.

¡¡¡Ah, Maldición!!! ¡¡Eso sí que no!! ¿Qué van a pensar nuestros amigos de este niño nuestro que empuja a esta pequeña que solo quería relacionarse con él? La sensación de estar expuestas públicamente por el comportamiento de nuestro hijo se une a nuestra contrariedad porque el plan no está saliendo como habíamos proyectado. “¿Qué estás haciendo? ¿Pero qué es lo que te pasa? ¿Cómo empujas a esta niña? No la empujes, eso no se puede hacer, ¿me oyes?…” Nuestra voz contiene la rabia y la frustración que sentimos porque nuestro hijo no está cumpliendo con nuestras expectativas. Estamos cada vez más enfadadas, y el pequeño también. Lo alzamos en brazos para tratar de contener las nubes de tormenta que avanzan por sus ojos y cuya descarga tememos en público, y tan pronto como está a la altura adecuada nos sirve un bofetón. Entonces nos sube un fuego desde el hígado, un fuego que quemaría al pequeño si le diéramos vía libre.

Situaciones como ésta suelen quedarse sin más palabras que «el niño necesita límites»

Situaciones como ésta, que vivimos muchas madres e hijos cada día, suelen quedarse sin más palabras que “el niño se ha portado fatal”, “es un caprichoso”, “es demasiado dependiente”, “necesita límites” o “se puso agresivo”. Pero si nos preguntamos de dónde vienen estas palabras, ninguna nace de la conciencia ni del corazón. De hecho, vienen de una mentalidad muy extendida pero corta de miras, que valora el confort adulto por encima de las necesidades de los niños. Vienen de un sistema regido por ideas y normas tajantes respecto a lo que está bien y mal. Un sistema externo que establece lo que los niños deben hacer, sentir y ser.

Si rebobinamos la escena desde el punto de vista del niño, tenemos la siguiente historia: llegamos a un ambiente fuera del habitual, lleno de un montón de personas ruidosas que están hablando de cosas que ni entiendo ni me interesan. Algunos intentan hacerse los simpáticos conmigo y me intimidan. Hay un montón de niños ruidosos, de distintas edades a la mía, con quienes aún no sé cómo relacionarme. Mamá empieza a hablar con toda esa gente nada más que llegamos y pretende que no la moleste en esta situación en la que no me siento seguro. Hay una niña que me persigue, grita mi nombre cerca de mi cara constantemente y me agarra de la mano cuando lo que quiero es que me deje tranquilo. Y cuando por fin encuentro algo que me interesa y la niña me invade por enésima vez, mamá pretende que me deje avasallar y se enfada cuando trato de hacerle entender a la niña que no quiero que me quite eso con lo que estoy jugando y que quiero que me deje tranquilo. Mamá se comporta de una forma muy extraña hoy y pretende que yo tolere que me quiten eso con lo que estoy jugando. Yo sé que en otra ocasión sin tanta gente ni tanto barullo mamá me hubiera ayudado entreteniendo con algo a esta niña que no me deja tranquilo. Mamá sabe que no está bien que otro niño me quite las cosas con las que estoy jugando, me lo ha dicho muchas veces y a mí tampoco me permite quitarle las cosas a ningún niño, pero ahora parece que quiere que yo desaparezca.

«Ojalá mamá estuviera contenta. Así yo también estaría contento»

Siento que a mamá no le importa lo que me está pasando. Solo quiere hablar con esa gente y me está dejando solo. Me estaba sintiendo solo y triste, pero ahora empiezo a estar enfadado. Muy muy enfadado, siento un fuego que… cuando mamá me cogió le di un manotazo. Ella se enfadó mucho conmigo. Y de repente me sentí muy triste y empecé a llorar. Mamá estuvo muy seria conmigo todo el camino de vuelta a casa. Parecía enfadada. Ojalá mamá estuviera contenta. Así yo también estaría contento.

Un niño “bien educado” y que no moleste ha de tragarse todos estos sentimientos porque “tiene que aprender”. Y si algo le contraría “tiene que aprender a controlarse”, dicen los cánones. El caso es que la parte racional del cerebro madura mucho después que la emocional. Es justo esa parte racional de desarrollo tardío la que nos permite autocontrolarnos, una habilidad que a los adultos nos sigue costando lo nuestro pero que socialmente les pedimos a los niños desde el minuto uno. Así que un pequeño al que le exigen que se comporte de tal o cual forma “correcta” se encuentra en un atolladero, porque no puede ni autocontrolarse como un adulto ni hacer desaparecer por arte de magia el enfado y la ira que siente.

Si no acompañamos las emociones desagradables, acabarán volcándose en lugares no deseados

En este punto, algunos niños encuentran la siguiente “solución”: Si no puedo mostrar mi enfado a los adultos, voy a descargar esta ira sobre quien pueda: un niño más pequeño, un animal o algún objeto. Esto es así porque las emociones no desaparecen por considerarlas desagradables. Así que si no acompañamos a los niños a atravesarlas, si las negamos, las ignoramos y no escuchamos con apertura cómo se sienten, estas emociones tan potentes acaban volcándose en lugares no deseados.

Pero más allá del desplazamiento de la ira del pequeño sobre algún ser más débil, lo que les sucede a los niños y niñas cuando se les exige que repriman su sentir es que empiezan a deslizarse por la larga pendiente de la pérdida de uno mismo. Porque el niño entiende que no está bien sentir eso que siente. Que debe esforzarse más allá de sus capacidades para encajar en la comodidad de mamá, papá, los abuelos o la profesora. Experimenta una y otra vez que solo puede sentirse aceptado y amado mientras que responda al confort de otros, nunca si permanece en contacto con todo el abanico de sus propios sentimientos. En fin, sabe que va a ser tajantemente rechazado, castigado o excluido si se mantiene en contacto con su propio dolor, con su propia ira. Entonces el pequeño va cortando los hilos con aquello que siente para mantenerse cerca de los adultos, simplemente porque su necesidad de amor y mirada es enorme.

Cuando el niño se vuelve cómodo para el adulto, ha sido domesticado y se ha perdido de su propio mundo interno

No estoy proponiendo dejar que los niños nos golpeen ni que se golpeen entre sí, sino que bajemos de nuestra fortaleza de adultas y miremos a los ojos a ese corazón inundado de rabia y de dolor. Que nos atrevamos a mirar las situaciones y a sentir desde la vivencia del niño. Que comprendamos más y juzguemos menos.

Si seguimos atrincheradas en nuestro fortín de personas hechas y de pleno derecho, llegará el día en que los pequeños ya no nos pidan nada, porque por fin habrán aprendido a no molestarnos. Es el momento del éxito de las recetas, de la victoria del método educativo. Cuando el niño se vuelve cómodo para los adultos ya está domesticado, se ha adaptado a las exigencias impuestas desde afuera y se ha perdido de su propio mundo interno. El exterior gana. Ese exterior que violenta a las madres y a los niños juzgando negativamente toda manifestación emocional que no sea una sonrisa. Ése donde no existe el amor incondicional a los niños. El mismo exterior patriarcal que ha colonizado hasta el interior de las propias madres.

Porque nosotras mismas hemos tenido que reprimir tanto de nuestro mundo interno para ser aceptadas cuando éramos niñas que en muchos casos aún no hemos podido conquistar nuestra propia autonomía emocional. Tanto que aún hoy muchas seguimos necesitando la aprobación externa, lo que nos mantiene sometidas al sistema. Y por eso muchas veces nuestra primera reacción es cumplir con las voces externas como niñas buenas y hombres “de verdad” antes que atender las necesidades emocionales de nuestros hijos. Porque si hiciéramos esto último nos convertiríamos en blandengues, o quizá en algo peor: en traidoras al sistema o incluso a nuestras propias familias, convencidas de que el niño lo que necesita es disciplina.

Podemos empezar a hacernos preguntas certeras que nos permitan ir limpiando la mirada que posamos sobre nuestros hijos

Esto nos ocurre a muchas, y lo compruebo sobre el terreno, con las mujeres a las que acompaño en sus procesos de indagación personal. Lo esperanzador es que estamos a tiempo de construir y frecuentar con nuestras hijas e hijos entornos más amorosos que, en lugar de juzgarnos, nos comprendan. Y con ese apoyo, empezar a hacernos preguntas certeras, que nos permitan ir limpiando la mirada que posamos sobre nuestros hijos.

Estamos a tiempo de empezar a preguntarnos a qué estamos respondiendo con cada uno de nuestros juicios. A qué y a quién somos fieles con cada uno de nuestros actos. Qué partes de nuestro pensamiento son automatismos que responden a la forma en que fuimos tratadas de niñas. Qué partes de nuestra incomodidad ante los pedidos de nuestros hijos se deben a que nos piden justo lo que nosotras nunca pudimos recibir. ¿Parecen muchas preguntas? Lo son. Porque hay toda una maraña de hilos cortados que se nos fueron enredando a lo largo de los años, y las preguntas adecuadas ayudan a desenredarlos.

Un niño amado incondicionalmente va a mantenerse en eje con lo más profundo de su ser

Una de las contrapartidas de hacerse estas preguntas en el marco de un proceso de indagación personal honesto como el que propone la Biografía Humana es que entonces podremos liberar a nuestros hijos de cargar con nuestras carencias. Porque ya no necesitarán contentarnos ni automutilarse emocionalmente para ser aceptados. En lugar de eso, se sabrán amados incondicionalmente. Y un niño amado de esta manera va a mantenerse en contacto con su sentir genuino. Va a vivir una vida en eje con lo más profundo de su ser, algo tan sencillo como raro en nuestra sociedad.

Y mientras la vida va pasando a sorbos diarios, observemos qué nos va surgiendo hacer cuando podemos sentir el amor por nuestros hijos. Porque el amor no sabe de disciplina. No sabe de rigideces, jerarquías, ni sistemas educativos. Pero tampoco de madres ni padres perfectos. El amor solo sabe de sentir lo que siente el otro y de apertura para acogerlo: al otro y su desconcierto. Al otro y su tristeza. Al otro y su ira. Ese otro es nuestro hijo. Y nos necesita hoy.

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